domingo 8 de junio de 2008

"La Prostitución" André Gorz.

André Gorz: "La prostitución" en Textos Selectos de EUMEDNET.

http://www.eumed.net/textos/07/gorz-prostitucion.htm


http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=63




La persona prostituida se compromete a proporcionar un placer determinado durante un tiempo determinado. El servicio vendido no puede ser obtenido por el cliente en tan poco tiempo, en calidad y cantidad iguales, de una pareja no remunerada. Hay, pues, creación de valor de uso. Pero existe una contradicción evidente entre la venta de este servicio y su naturaleza. En el intercambio mercantil, comprador y vendedor entran en una relación contractual por un tiempo determinado; serán libres el uno respecto al otro después del pago; la oferta del vendedor determina al comprador como individuo anónimo, intercambiable con cualquier otro: la solvencia es la condición necesaria y suficiente para ser servido. Ahora bien, en este caso, al presentarse como un comprador cuya solvencia basta para fundar el Derecho, el cliente demanda y obtiene de la prostituta que le procure un servicio que quiere definir él mismo, por la sola y única razón de que lo desea.


El intercambio mercantil se hace, ciertamente, a un precio convenido, pero este precio es fijado «al gusto del cliente», como, por otra parte, la naturaleza del propio servicio. La transacción comercial se desarrolla, pues, enteramente en la esfera privada y tiene por objeto una prestación adaptada a una demanda hecha a título privado.Nos encontramos aquí la relación servil en toda su pureza: el «trabajo» del uno ES el placer del otro. No hay otro objeto que ese placer. El placer del cliente es el consumo de un trabajo hecho sobre su persona privada. Este consumo es inmediato y directo, no pasa por la mediación de ningún producto. A esta inmediatez se debe que el placer procurado por el trabajo servil difiera del placer que el jefe de cocina procura a los consumidores de su «plato sublime». Pero hay más. Ese placer es deseado por el cliente sin razón. Esta es una primera diferencia entre el «trabajo» de la prostituta y el de la kinesiterapeuta, por ejemplo.

Esta última también se pone al servicio del bienestar físico de sus clientes, pero éstos deben motivar su demanda; la razón de ésta será objeto de un diagnóstico, después del cual la terapeuta aplicará, en virtud de su juicio soberano, unos cuidados que, aunque personalizados, ponen en práctica una técnica bien definida según un procedimiento predeterminado. Si bien está, pues, al servicio del bienestar físico del cliente, el, o la, masajista no es el instrumento del placer de aquél. Está, por el contrario, en posición dominante: decide sobre la naturaleza de las operaciones y no se entrega al cliente más que dentro de los límites de un procedimiento codificado del que siempre es dueño de cabo a rabo. El tecnicismo del procedimiento funciona como una barrera infranqueable; impide la implicación personal del terapeuta de llegar hasta una complicidad o intimidad completas. La situación es exactamente inversa en el «trabajo» de la prostituta: su habilidad técnica debe ser puesta en práctica de la forma deseada (sin razón) por el cliente. Lo que este último quiere comprar es la implicación completa de la prostituta en los actos que él demanda: debe plegarse a sus exigencias poniendo en el/o de lo suyo y no de manera rutinaria. Debe ser una libertad-sujeto, pero una libertad que no puede hacer otra cosa que convertirse en el diligente instrumento de la voluntad del otro. Con otras palabras, debe ser ese ser contradictorio, imposible, fantasmal que es la «bella esclava» (la que, en los Cuentos de las mil y una noches, el joven príncipe recibe como regalo, sentada desnuda sobre un caballo blanco); la esclava que, con toda su inteligente sensibilidad, realiza libremente los deseos del amo y no es libre más que para esto; la esclava que, en la realidad, no es nunca más que una persona que juega a ser el ser fantasmal que obsesiona el espíritu de su amo. «Tú pagas y harás de mí lo que quieras.» En esta sola frase todo está dicho: la prostituta se erige en sujeto soberano para exigir el pago y, tan pronto es satisfecha esta exigencia, se abolirá como soberanía para metamorfosearse en el instrumento del pagador. Se erige, pues, en libre sujeto que va a jugar a ser esclava. Su prestación va a ser una simulación; y ella no lo oculta.

El cliente, por otra parte, lo sabe. Sabe que no puede comprar unos sentimientos y una complicidad verdaderos. Le compra la simulación. Y lo que finalmente desea es que esta simulación sea más real que natural, que le haga vivir imaginaria mente una relación venal como si fuera una relación verdadera. El tecnicismo se reintroduce, pues, en la relación venal bajo una forma distinta y mediante un cauce distinto: el dominio, por la prostituta, del arte del simulacro. Los actos que ella propone están disociados de la intención que significan: tienen por función dar la ilusión de una intención o una implicación que no existen. Son gestos. Esos gestos son producidos con una técnica bien dominada. Simulan un don de sí. Los procedimientos técnicos de la simulación permiten, pues, a la prostituta no implicarse en una relación que significa la implicación total: se ausenta efectivamente de esa relación, deja de habitar su cuerpo, sus gestos, sus palabras en el momento de ofrecerlos. Ofrece su cuerpo como si éste no fuera ella misma, como un instrumento del que estaría separada. Persuade al cliente de que ella se vende y a su vez se persuade a sí misma de que no es ella lo que ella vende. En la proposición «yo me vendo» el «yo» se presenta de manera distinta que el «me» (?).

Ahora bien, a diferencia de todos los otros servidores que simulan profesionalmente la solicitud diligente, el buen humor, la sinceridad, la simpatía, etc., la prostituta no puede reducir su prestación a esa comedia ritual de gestos y fórmulas que son el servilismo comercial, la amabilidad comercial, el desvelo comercial. Ella no ofrece de sí misma solamente los gestos y las palabras que sabe producir sin implicarse en ellos, sino eso mismo que ella es sin simulación posible: su cuerpo, es decir, eso en lo que el sujeto es dado a sí mismo y que, sin disociación posible, constituye el terreno de todas sus experiencias vividas. Es imposible entregar el propio cuerpo sin entregarse, dejarlo utilizar sin ser humillado.

El «servicio sexual» únicamente podría llegar a ser un servicio comercial como cualquier otro si pudiera ser reducido a una secuencia de actos tecnificados y estandarizados que cualquiera pudiera producir sobre cualquier otro según un procedimiento predeterminado, sin tener que entregarse carnalmente. Solamente en este caso podría «el sexo» convertirse en el «trabajo» racionalizado mediante el cual alguien produce un orgasmo en algún otro, según una técnica codificable, comparable a un «acto» médico, sin que en ello exista don de sí (real o simulado) ni intimidad. Esto es casi lo que una militante feminista avanzada proponía en un largo texto publicado en Alemania en el verano de 1987. Según ella, el SIDA tendría la ventaja de valorar los orgasmos conseguidos por unos medios distintos del coito, lo que justificaría que la mujer rechazara al «hombre coital» y fundara la relación sexual en la práctica, mucho más racional e higiénica, de la masturbación, cuyas sutilezas técnicas habrían sido injustamente descuidadas hasta ahora.


La masturbación mecánica sobre máquinas de copular aparece como el desarrollo lógico de esta tecnificación. Permitiría la racionalización del «sexo» mediante la completa abolición de la esfera íntima. Los individuos dejarían de tener que pertenecerse mutuamente: el hombre mecanizado se reflejaría en la máquina humanizada; el orgasmo podría ser comprado y vendido en la esfera pública con el mismo título que los espectáculos hard y /ive. Del análisis que precede se desprenden dos temas: 1. Hay actos que yo no puedo producir a voluntad ni por encargo y de los que no puedo hacerme pagar otra cosa que el simulacro. Son actos relacionales necesariamente privados por los cuales una persona participa afectivamente en lo que experimenta otra persona y le hace así existir como sujeto absolutamente singular; comprensión, simpatía, afecto, ternura, etc.

Estas relaciones son, por esencia, privadas y, además, refractarias a toda medida de rendimiento. 2. Hay una dimensión inalienable de mi existencia cuyo disfrute no puedo vender a otros sin además darme y cuya venta devalúa el don sin dispensarme de éste. En esto se encuentra la paradoja esencial de la prostitución, es decir, de toda forma de venta y alquiler de sí mismo. Ahora bien, la prostitución no se limita evidentemente al «servicio sexual». Hay prostitución cada vez que dejo que cualquiera me compre, para disponer a su capricho, de lo que yo soy sin poder producirlo en virtud de una capacidad técnica: por ejemplo, la fama y el talento del escritor venal
; o el vientre de la madre portadora.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

De Ibán:

Telegráficamente:

Te agradezco mucho la difusión de este documento que no conocía.
Me parece un análisis crítico del 'contrato' de prostitución que contiene verdades, o al menos muy sugerente y que debería ser tenido en cuenta en cualquier crítica de la prostitución que se pretenda hacer.
La parte de este análisis referida a la contradicción esencial que se hace efectiva en la prostitución entre lo que sería una relación entre personas deseada recíprocamente y productora de satisfacción y la vivencia de ello como un trabajo por parte de la mujer (persona oferente) también está presente en buena parte del análisis realizado por Bruckner y Finkielkraut en su libro "El Nuevo Desorden Amoroso" que te mencioné. La diferencia clara que establece André Gorz entre el "trabajo" de prostitución y otros trabajos del ámbito de los cuidados y las atenciones personales, así como sus implicaciones éticas es lo que no está suficientemente desarrollado en el análisis de Bruckner y Finkielkraut a mi entender.
Por ejemplo, estos dos autores no afirman en su escrito ni tampoco parecen asumir que sea imposible "entregar el propio cuerpo sin entregarse"... Y creo que ello se debe --quizás- a que los autores del "El Nuevo Desorden Amoroso" cuando hacen su análisis del 'contrato de prostitución' piensan sobre todo en

"una secuencia de actos codificados y estandarizados que cualquiera pudiera producir sobre cualquier otro según un prodecimiento predeterminado...",

en un 'servicio sexual' que podemos concebir como un mero "servicio comercial", tal y como considera hipotéticamente André Gorz. En mi opinión, para Bruckner y Finkielkraut una prostitución de tal tipo sí existía en la realidad cuando ellos escribieron su análisis. Podemos pensar que ese tipo de 'contrato de prostitución' se corresponde con muchas situaciones de 'baja prostitución' (servicios de muy corta duración y de bajo precio en las que las mujeres cobran por actos sexuales) tales como los que se dan por ejemplo en la ofrecida en medio abierto (parques, calle, polígonos industriales) o en algunos pisos.

Por otra parte, creo que debemos además tener en cuenta que André Gorz lo que hace es un analisis filosófico, y por tanto el objeto de su análisis es lo esencial o la 'forma pura' del "contrato de prostitución".

Para mí las partes de este análisis que me parecen quízás más objetables o con más problemas para poder aceptarlas como generalizaciones verdaderas serían las que corresponde a los siguientes párrafos del texto:

-Muy puntualmente: el comienzo del segundo párrafo en el que el autor da por supuesto que:

"el precio es fijado 'al gusto del cliente'". Esta generalización no la veo claro cuando pienso en las tipologías de prostitución predominantes que se dan en nuestra sociedad; me da la impresión de que muchas "trabajadoras" aceptan las tarifas que están ya establecidas en el mercado. (no sé que comentarías tú al respecto).
- En el párrafo 7 toda la asunción del autor en torno a la idea de que para la mujer, en el 'contrato de prostitución'
"es imposible entregar el propio cuerpo sin entregarse, dejarlo utilizar sin ser humillado".
Esta generalización yo no me atrevo a suscribirla. Es un tema que no domino lo suficiente.
Creo, por otra parte, que esa vivencia del contrato por parte de la mujer como producción de 'actos sexuales', en la que el "sexo" se convierte en "trabajo racionalizado " sería posible de encontrar hoy en día en prácticamente todas las tipologías de prostitución que se dan en nuestra sociedad.

Con el resto de este 'análisis del contrato de prostitución', incluidas los dos corolarios con los que finaliza, creo que estoy muy de acuerdo.

Una última consideración que me gustaría hacer es la siguiente:

Considero que este análisis -en clave relacional- de la prostitución de André Gorz, en tanto que texto crítico, resulta mucho más interesante para el debate feminista en torno a sí considerar el hecho prostitucional como un trabajo legítimo o como una esclavitud o servidumbre para las mujeres que el análisis de la teórica feminista Carole Pateman (véase su libro "El Contrato Sexual") --tantas veces se ha enarbolado desde el feminismo abolicionista como un texto clave. Un análisis este que falsea la realidad por introducir tanto sesgos esencialistas sobre la sexualidad femenina como un concepto de la masculinidad subyacente al acto de ser cliente igualmente reduccionista; ambos errores dan pie a a conceptualizar la relación de prostitución como una relación de 'violencia de género'.
Por contra, creo que un texto como este de André Gorz nos permite seguir defendiendo la idea de que la prostitución es una institución socio-cultural patriarcal sin caer en tantos sesgos ni falsear apenas la realidad.

Montse, no te imaginas lo gratificante que ha sido para mí descubrir este texto; muchas gracias.

Montse Neira (Marien) dijo...

Ibán,

Me alegro de que este artículo te haya sido útil.

A ver si acabo exámenes, y me pongo a leer tranquilamente y ha contestarte con rigor.



También tengo pendiente comentar este artículo ya que hay cosas que desde mi experiencia, son muy divertidas. Un ejemplo:

Precisamente el texto que has entrecomillado... lo de los servicios standarizados.. es lo que se hace normalmente. Se suele seguir una pauta, con todos los clientes igual, ¿sabes que piensan los clientes cuando actuamos así? que somos muñecas hinchables y que es un mal servicio.

Paradojicamante André dice que no es un trabajo porque no se actúa siguiendo un standar, unos códigos predeterminados, cuando en realidad si que lo hacemos (besos, caricias, sexo oral y penetración (sería el servicio sexual completo) y sólo transgredimos estos códigos cuando tenemos clientes fijos con los que nos sentimos muy, muy a gusto...

Es decir, siguiendo la tesis de André ¡si que realizamos un TRABAJO!

Saludos y hasta pronto


Montse

Anónimo dijo...

De Ibán:

Gracias de nuevo por tu rápida respuesta.

Montse, yo pienso parecido a tí en cuanto que lo que realizan las mujeres contemporáneas en el 'contrato de prostitución' son mayormente 'servicios sexuales', y así lo he considerado en el anterior comentario

["esa vivencia del contrato por parte de la mujer como producción de 'actos sexuales', en la que el "sexo" se convierte en "trabajo racionalizado " sería posible de encontrar hoy en día en prácticamente todas las tipologías de prostitución que se dan en nuestra sociedad."]

No obstante, creo que también debemos considerar que la crítica de la prostitución de André Gorz no se reduce sólo al tema de si la actividad que realizan las mujeres en la prostitución pueda ser o no conceptualizada como un trabajo en virtud de que dicha actividad sexual pudiera convertirse en "trabajo racionalizado ... según una técnica codificable, ... sin que en ello exista don de sí (real o simulado) ni intimidad.".
A mi juicio buena parte de la crítica de Andre Gorz se dirige hacia el aspecto de la demanda masculina. Así, él argumenta que la prostitución difiere de otros trabajos o servicios orientados a los cuidados físicos del cliente, en que en aquélla, el placer es deseado por los varones clientes SIN RAZÓN, cosa que no ocurre por ejemplo en los servicios demandados a una kinesiterapeuta. Yo comparto con André Gorz esa idea de que [por lo general] en la prostitución, el varón cliente lo que espera o demanda de la mujer oferente es que ésta "les procure un servicio que quiere definir él mismo, por la sola y única razón de que lo desea." Y esto es lo que evidencia lo contradictoria que resulta la prostitución en tanto que una de las maneras en que se las relaciones sexuales (o sexo-afectivas) entre hombres y mujeres en nuestras sociedades.
Tú misma en tu respuesta a mi primer comentario das cuenta de esta contradicción o paradoja cuando consideras:

"... Se suele seguir una pauta, con todos los clientes igual, ¿sabes que piensan los clientes cuando actuamos así? que somos muñecas hinchables y que es un mal servicio."

Es decir: a mí me parece que este análisis crítico de la prostitución del filósofo André Gorz es valioso (a pesar de alguna asunción errónea que pudiera contener y que ambos ya hemos apuntado) y por tanto la misma no debiera caer en saco roto.
[La prostitución es una istitución social orientada (histórica y culturalmente) al placer egoísta de los varones, y es este el sentido en el que yo pienso en ella cuando utilizo las expresiones "práctica androcéntrica" o "institución patriarcal".]

Anónimo dijo...

De Ibán:

Con la intención de explicarme un poco mejor:

Creo que André Gorz --con sus palabras-- está criticando una serie de funciones que cumpliría la institución de la prostitución en la sexualidad de los varones. Unas funciones que se refieren a la realización de una sexualidad orientada exclusivamente hacia el propio placer, pero contando con la mujer para su satisfacción. Una institución en la que los hombres por la simple mediación de un pago (sin inversión de tiempo o esfuerzo; sin la posibilidad de un NO por respuesta; sin importar demasiado lo que piense o sienta la mujer concreta hacia uno), pretenden obtener el sexo o el afecto que no consiguen en otras formas de darse las relaciones heterosexuales (matrimonio, noviazgo, ausencia no querida de relaciones sexuales, ligues de una noche...)
André expresa esta idea con sus propias palabras:

"El servicio vendido no puede ser obtenido por el cliente en tan poco tiempo, en calidad y cantidad iguales, de una pareja no remunerada. Hay, pues, creación de valor de uso. (...)
Nos encontramos aquí la relación servil en toda su pureza: el «trabajo» del uno ES el placer del otro. No hay otro objeto que ese placer. (...)
La situación es exactamente inversa en el «trabajo» de la prostituta: su habilidad técnica debe ser puesta en práctica de la forma deseada (sin razón) por el cliente. Lo que este último quiere comprar es la implicación completa de la prostituta en los actos que él demanda: debe plegarse a sus exigencias poniendo en el/o de lo suyo y no de manera rutinaria. Debe ser una libertad-sujeto, pero una libertad que no puede hacer otra cosa que convertirse en el diligente instrumento de la voluntad del otro."

Aquí yo entiendo, que nuestro autor lo que está haciendo es criticar una forma de desear que tenemos los varones heterosexuales socializados "patriarcalmente", una determinada mentalidad masculina en relación a la sexualidad y que SIN DUDA ha de estar afectando a la organización que cada hombre partircular, que es cliente, hace de esa sexualidad y esa afectividad, y que seguro que puede estar influyendo en las relaciones entre hombres y mujeres.

Esa idea expresada por André Gorz, me parece que guarda bastante relación con la noción de 'apropiación erótica' que desarrolla la antropóloga mejicana Marcela Lagarde cuando analiza la sexualidad posible para las mujeres en las sociedades patriarcales. Esta autora en el capítulo de su tesis doctoral dedicado a este aspecto de la sexualidad femenina, ha planteado cosas como las siguientes (transcribo literalmente):

"La mujer es en la relación entre los géneros, quien no posee el saber erótico. En particular las esposas-madres. Por eso los varones poseedores de esa sabiduría enseñan, es decir moldean, norman, domestican el erotismo de las mujeres. ¿Quién le enseñó a él?
ES común que los hombres se enseñen entre sí en particular, ciertas experiencias eróticas como la masturbación (...) Sin embargo, el resto del aprendizaje, el trato con el otro, modifica todo: se transita de la homo a la heterosexualidad (única reconocida en la conciencia aunque en la práctica, proscrita, sea otra).
En la conversión viril de los hombres intervienen las "mujeres malas", las prostitutas...
Las prostitutas son las únicas mujeres a quienes se considera y se valora como poseedoras de la sabiduría del erotismo (cosificado, fetichizado y mercantil). (...)
El cuerpo y el erotismo de las mujeres están tabuados en primer término para las mismas mujeres. La masturbación, por ejemplo, ocurre con menor frecuencia entre las púberes que entre los varones. Las mujeres aprenden el erotismo heterosexual pleno (dominante) --sus prácticas y sus comportamientos, en particular aprenden su propio cuerpo-- a partir del cuerpo, de la subjetividad, de las necesidades eróticas de los hombres, no de las suyas." [Cfr. pp. 217-218 de: Lagarde, Marcela: "Los Cautiverios de las Mujeres..."].

En esta particular pedagogía del erotismo patriarcal que analiza Marcela Lagarde, en la organización de las relaciones (hetero)sexuales entre hombres y mujeres, pesa con gran fuerza la dualidad y contraposición cultural entre la 'mala-mujer' y la 'buena-mujer'.
Con ambas figuras culturales se corresponden bastante bien las instituciones del matrimonio tradicional y de la prostitución, instituciones ambas en las que se anulan el erotismo y el placer de la mujer, y en la que los varones pasan a representar los papeles respectivos de 'amado-amo' y de 'cliente-amo'. En el caso de la prostitución la mujer representaría un cuerpo erótico para el varón, mientras que en el matrimonio tradicional predominaría en sus representaciones de la mujer un 'cuerpo materno'.

En mi opinión el análisis de la pedagogía del erotismo en las sociedades de cultura patriarcal que plantea Marcela Lagarde tiene bastante de verdad. Sospecho (a la luz de lo que he conocido y he podido leer) que (al menos) una buena parte de los varones que son clientes de la prostitución, buscan una relación sexual con las mujeres en este contexto debido a que cognitivamente (a nivel de esquemas mentales) están funcionando con representaciones duales del "objeto" por el que se sienten atraídos: "la mujer". Estas representaciones duales podemos nombrarlas de diferentes maneras: a) 'buena-mujer'/'mala-mujer'; b)'prostituta'/'madresposa' c) "mujer disponible para una relación sexual"/"mujer no disponible para una relación sexual" d) 'mujer pública'/'mujer privada'.

Y cualquiera de ellas creo que suele estar presente en (al menos) algunos perfiles de varones clientes habituales: por ejemplo en hombres casados en diferentes circunstancias; en hombres jóvenes solteros, sin pareja, y con dificultad para tener sexo o relaciones afectivas con mujeres; en hombres jóvenes con novia a la que dicen o creen respetar demasiado o "adorar" com para pedirle sexo o determinadas cosas, etc.

Pues bien, esta funcionalidad que cumpliría la prostitución, relativa a la búsqueda de un placer sexual fácil y cómodo por parte de los varones, en la que se instrumentaliza a algunas mujeres, negándoles la sexualidad al resto --unas relaciones que se han de negociar--, es una de las cosas que creo que podemos considerar más objetables en la institución de demandar y recurrir al 'sexo de pago' por parte de los varones.

Anónimo dijo...

De Ibán:

Para reforzar el argumento del último comentario:

Esa idea de que los varones que son clientes habituales de la prostitución funcionan con un imaginario en el que se representan a "la mujer" de una forma dual ha sido también manifestada por las propias mujeres que realizan prostitución (o 'trabajo sexual'). Así por ejemplo, la italiana Carla Corso (transcribo literalmente sus palabras --resultado de su propia investigación sobre los clientes):

"... Ésta ha sido una de las cosas más importantes cuando recogí este material, y es algo que me ha afectado mucho, el hecho de que estos hombres se justificasen siempre atribuyendo la culpa a las mujeres: eran sus compañeras, eran sus mujeres las culpables por no ser lo suficientemente guapas, lo suficientemente eróticas, no estar disponibles, y así ellos tenían esta gran justificación: "Yo voy con prostitutas porque me veo obligado a ello, porque mi mujer es horrible". Hay algunos testimonios muy ofensivos que no voy a leer pero hay alguno que dice: "Mi mujer no es capaz de hacer absolutamente nada, ni siquiera de preparar bien los spaguetti". Tienen siempre presente la historia de los dos papeles: las mujeres santas y las putas, las mujeres vírgenes y las de la calle, estos dos papeles de las mujeres a las que aman y odian al mismo tiempo pero que nunca consiguen resumir en un solo papel; la mujer a la que no se puede tocar mucho, a quien se niega una sexualidad abierta, gozosa, a quien se niega el placer sexual, del eros, y la prostituta, a quien se paga pero a quien también se le niega el placer: no debe sentir placer, ya recibe dinero, ¿qué más quiere? Por lo tanto existen estas dos figuras femeninas con las que se entablan relaciones siempre equivocadas, siempre precarias, y no se consigue hacer nunca de estos dos papeles uno solo, de forma que se pueda tener una amante placentera y también --¿por qué no?-- que sea la madre de tus hijos.
Yo creo que por lo demás vivimos en una cultura muy machista, y esto no es sólo culpa de los hombres sino también de las mujeres. Las mujeres han reproducido este tipo de cultura, probablemente de forma inconsciente. La han sufrido y luego la han reproducido..."

[Cfr. Carla Corso: "Desde dentro: los clientes vistos por una prostituta", en: OSBORNE, Raquel (ed.): "Trabajador@s del sexo: Derechos, migraciones y tráfico en el siglo XXI. Bellaterra : Barcelona, 2004, pp. 126-127]

Montse Neira (Marien) dijo...

Hola Ibán,

Es cierto lo que comenta Carla, yo también he tenido clientes así, aunque no la mayoría. Y por supuesto que estoy de acuerdo en que todo es cultutal y que tanto hombres como mujeres somos responsables de seguir reproduciendo estos criterios morales. En algún post ya he comentado que en las mujeres, que somos las madres de los futuros machistas, está el poder de educar a los hombres de otra manera.

También hay mujeres que hacen el papel de no hacer según que prácticas sexuales, porque son "muy de puta" pero luego tienen amantes con los que se sueltan el pelo que no veas, (esto tampoco me lo saco de la manga) contrastado con amigas y conocidas, casadas que hacen este doble palel también, que aquí no se escapa nadie. La gran diferencia es que cualquier mujer que de verdad quiere sexo sólo tiene que chasquear los dedos, como digo yo, y ya tenemos una fila de machos para escoger.

Ahora mismo no tengo la fuente a mano y rte lo voy a decir de memoria, pero en Cataluña hace unos 15 años en eun estudio que se hizo para saber hasta que punto la diabetes era una enfermedad que se podía heredar, salió que un porcentaje de hijos que no eran del marido muy alto (eran los hijos de amantes y los maridos no tenían ni idea)

Dentro de poco ya podré ponerme un poquito más en serio, con más tiempo para contrastar todas las aportaciones.

Gracias y buen fin de semana